¿Hay mundo por venir? Acta de reflexiones de nuestro encuentro mensual

El pasado 14 de octubre tuvimos la segunda cita de esta temporada de nuestro club de lectura. El libro que debatimos fue ¿Hay mundo por venir? de Déborah Danowski y Eduardo Viveiros de Castro. Esta obra entrecruza temas filosóficos, antropológicos y ecológicos para preguntarse sin rodeos qué significa hablar del fin del mundo, de quién lo habitará y en qué condiciones. Lo que nos obliga a distinguir entre los sueños de una parte de la humanidad y las necesidades materiales de todos los seres que cohabitamos la Tierra. El libro cuestiona la mirada occidental, tecnocientífica y extractivista.

El grupo coincidió en que no se trata de una lectura sencilla “todo lo que cuenta sobre la mitología… me ha quedado muy abstracto… tendría que leerlo varias veces”, “utiliza una terminología que no ayuda”. Sin embargo, en esa complejidad se destacó cómo el texto obliga a pensar “propone narrativas que están muy presentes en todo” y lo hace recuperando el perspectivismo amerindio, una manera de entender la realidad en la que no hay una separación tajante entre animales humanos y no humanos y donde no hay una sola visión del mundo, sino tantas como seres lo habitan. Lo que llevó a la conclusión de que “si todo es humano, lo humano dejar de ser tan importante”.

La contraposición entre humanos y los terrícolas de Latour, como conjunto todos los cuerpos que comparten un mismo planeta, resonó como una crítica radical a la arrogancia civilizatoria occidental y como un invitación de descentrar al sujeto humano reconociendo que el sufrimiento y la explotación no terminan en nuestra especie. Se apuntó que “nuestro círculo moral no se reduce a lo humano”.
El debate giró en torno a esa idea de ¿qué significa mirar el mundo desde una perspectiva no humana?, poniendo de relieve que el texto “nos intenta sacar del antropocentrismo, pero lo hace desde el antrpocentrismo” lo que se entendió como una de las trampas de la crisis de nuestro tiempo.

El grupo encontró resonancias con la cultura popular, con películas y mitos contemporáneos como La Carretera, No mires arriba, El Caballo de Turín,…apuntando la “falta de productos culturales el clave positiva” y narrativas que imaginen otros futuros más allá del colapso. Varias personas mencionaron la referencias Úrsula K. Le Guin o a la noción de Gaia y también se indicó la tendencia a la romantización de los indígena “a lo mejor lo indígena está muy idealizado, no todos los pueblos son modelos”.

También discutimos sobre el monocultivo tecnocientífico “en Occidente no sabemos, ni tenemos una perspectiva que no sea tecnocientífica”. No como renuncia a la ciencia, sino como una crítica al modo en que, muchas veces, bloquea otras formas de conocimiento y de vida. De ahí que el libro, conecte con autoras y mundos que ensanchan el horizonte: “los blancos sueñan mucho pero sueñan sobre ellos mismos… interesante relación con Ursula K. Le Guin”.

El concepto de desaceleración que aparece en el libro fue otro de los nudos más debatidos con intervenciones como: “¿es posible frenar desde el mismos sistema que acelera?”, “la solución que más nos cuesta a las personas occidentales es la de parar”, “racionalmente sabemos que esto se acaba pero hay algo que nos impide retroceder”, “vivir bien, decrecer bien… va a pasar y hay que paliar los daños” y ”el placer y la desaceleración, no pueden ir de la mano”. La necesidad de decrecer y el miedo a renunciar a los placeres cotidianos nos situó ante la pregunta ¿qué estamos dispuestas a dejar atrás, para poder seguir adelante?.

La crítica al capitalismo, como no podía ser de otra forma, también estuvo presente “el problema no es la superpoblación, sino el reparto de recursos”, “no hay soluciones técnicas posibles si el sistema no cambia de raíz; el marco de los deseos y lo deseable es una batalla cultural”. En esta línea se recordó a Mark Fisher y su idea del realismo capitalista.

Se subrayó que “no todo el mundo tiene los datos ni la conciencia de lo que ocurre”, que “la segunda ley de la termodinámica ya dice que esto es insostenible” y la importancia de”generar vínculos con lo cercano y la solidaridad internacional”, frente a la desesperanza.

También surgió el tema del ecofascismo que asoma cuando se invoca el control de los cuerpos y los deseos, indicando que “ las medidas ecofascistas siempre terminan castigando a las personas más vulnerabilizadas” y al hilo de esta idea, se advirtió sobre que “las medidas que hacen falta son urgentes y poco populares” y sobre la necesidad de pensar alternativas colectivas “hay que hablarlo, tener vínculos, compartir saberes” y sobre la sensación de orfandad que deja un mundo sin horizonte, pero también la convicción de que imaginar otros mundos, aunque no sean perfectos ni humanos, sigue siendo un acto revolucionario. Se añadió que “la humanidad es un cuento” como aceptación de que lo humano no es el centro sino una parte más de un entramado de vidas interdependientes.

Para terminar, se habló de la necesidad de cuidarse colectivamente y de politizar el afecto y se concluyó con que “leemos estas cosas para saber que no son buenos planes, pero al menos seguimos pensando juntes” con ternura, rabia y deseo de cambiar de nuestro presente aquello que puede impedir que haya mundo por venir.

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