Colonialismo energético: Acta de reflexiones de nuestro encuentro mensual

En octubre, el Club Milana Bonita compartimos la lectura Colonialismo energético, de Josefa Sánchez Contreras y Alberto Matarán Ruiz, un libro que desmonta la ficción de que lo renovable es siempre justo y emancipador y muestra cómo la energía es una forma de organizar territorios, vidas humanas y no humanas, economías y futuros posibles. La transición que se nos vende como “limpia” puede convertirse, si no se discute el poder que la gobierna, en una reedición del mismo modelo que ha ido dejando cicatrices en la tierra y en los cuerpos es decir una transición sin transición, o en palabras de una persona del club “la transición energética no es neutra: cambia la tecnología, pero puede mantener intactas las relaciones de poder que organizan la extracción.”

Varias personas del club recordaron que lo que el libro describe no es abstracto ni lejano. Se dijo que “los territorios de sacrificio son aquellos donde la energía se produce para otros, a costa de la salud, los ecosistemas y la autonomía local” y que, en Andalucía, esto es una experiencia cotidiana “en Andalucía sentimos que es un territorio de sacrificio para los centros industrializados… te sientes como una ciudadana de segunda porque no tienes voz en la toma de decisiones.”

El término “colonialismo” generó debate. Hubo quien expresó que “el uso del término colonialismo es excesivo” arrastra un peso histórico enorme y quizá pueda confundir. Pero también hubo quien defendió que precisamente esa incomodidad es lo interesante del término. Lo que quedó claro es que el conflicto no está en la tecnología sino en la estructura que la sostiene “el problema no son las renovables sino en qué manos están.”

Otra de las cosas que se debatió fue que el colonialismo energético no es solo un concepto para describir lo que ocurre en México, en territorios indígenas o en la Laponia saqueada sino que también es una manera de nombrar lo que sucede en el sur peninsular en los pueblos despoblados, en los márgenes de siempre, y que no es el sol, ni el viento lo que amenaza, sino la apropiación privada, la lógica extractiva, la imposición desde arriba y la mercantilización de lo que debería ser común.

Al ser un club de lectura antiespecista no se pudo obviar el hecho de que “los derechos de los animales no humanos en esta transición no se están teniendo en cuenta” y que “las políticas energéticas vuelven a tratar a las demás especies como daño colateral o paisaje disponible”. La infraestructura reorganiza ecosistemas, desplaza vidas, violenta hábitats, y aun así el debate público sigue centrado casi exclusivamente en lo humano.

Se habló también de la soberanía de quienes habitan los territorios, de la tensión entre modos de vida rurales, agricultura, ganaderías, conservación y proyectos industriales. Alguien planteó la importancia de “cómo llegar a acuerdos con la gente que vive en esas zonas y en general con ganaderos y agricultores”.
Otra persona señaló la fractura social que aparece cuando vecinos venden o alquilan tierras mientras otras personas resisten insistiendo en que “una transición sin escucha puede acabar partiendo comunidades enteras”. Surgió también una preocupación de fondo “no está en el debate el tema de la propiedad privada y este tema es fundamental”, porque si solo decide quien tiene escrituras, entonces seguimos atrapados y atrapadas en un modelo que convierte el territorio en mercancía y expulsa a quienes lo cuidan. Alguien lo expresó con muchísima claridad: “las personas que vivimos en el rural y no somos propietarias, no podemos opinar, sólo lo hacen las que son propietarias.”

El libro nos llevó, además, a hablar de decrecimiento, de límites materiales, de ese malestar que genera la palabra “renuncia” cuando se usa desde discursos culpabilizadores. Pero apareció una idea que cambió el sentir de la conversación “no sería renunciar, sería reimaginar. Imaginar otras relaciones con la naturaleza y de los vínculos.” Esa frase nos hizo preguntarnos … “¿y si la transición justa no fuera un mensaje de austeridad triste sino una invitación a recuperar tiempo, quietud, vínculos, aire respirable? ¿Y si dejar el coche privado, reducir consumos innecesarios o transformar los modelos agrarios no fuera perder, sino ganar vida?”.

El debate llevó a la conclusión de que “la energía no es solo un flujo técnico sino un reparto de poder”. Por eso, alguien cerró con una frase que podría servir como síntesis del libro y de nuestra propia sesión: “Energía limpia sí, pero con consulta popular, redistribución y no como ahora, respondiendo a intereses concretos.” No se trata de negar lo renovable, sino de impedir que se convierta en una nueva forma de desigualdad. No se trata de oponerse a la transición, sino de exigir que lo sea de verdad.

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