Notas sobre el encuentro: «El pueblo gitano contra el sistema mundo»

En la sesión de enero del Club de Lectura Milana Bonita nos reunimos alrededor del libro El pueblo gitano contra el sistema mundo, un libro que te deja pensando mucho después de cerrar la última página. Tuvimos, además, la enorme suerte de contar con la presencia de su autora, Pastora Filigrana, que convirtió sesión del club en una conversación en la que surgieron muchas preguntas, dudas, incomodidades y emociones que se fueron poniendo en común.

Desde el inicio apareció la palabra colapso, que atravesó toda la conversación. Se repitió la idea de que mientras muchas personas imaginan el colapso como algo que “viene”, hay comunidades que llevan siglos viviendo en él. Como señaló Pastora, “nosotras estamos pensando en un colapso futuro, pero hay comunidades que viven permanentemente en el colapso”. Comunidades a las que el Estado no protege, el mercado no integra y lo público no sostiene. Y, sin embargo, sobreviven. No por milagro, sino porque, cuando no hay nada más, “solo queda la comunidad”, y es en ella en donde se tejen redes sólidas de apoyo mutuo, cuidados y responsabilidad colectiva.

Pastora explicó que el objetivo del libro era contar la historia del pueblo gitano desde una mirada anticapitalista, preguntarse por qué se persigue siempre a quien se persigue y mostrar cómo determinadas prácticas —el mutualismo, la centralidad del grupo, la mediación comunitaria— han funcionado históricamente como estrategias de resistencia y de emancipación. No como una idealización romántica, sino como una forma concreta de sostener la vida cuando no existen redes institucionales que la amparen. En sus palabras, el libro pretendía ser “un ejemplo de cómo se sostienen los grupos a través del mutualismo de base”, algo que, aunque se identifique con el pueblo gitano en el libro, “no es patrimonio exclusivo de nadie”, sino de muchas comunidades que viven en los márgenes.

A lo largo del diálogo fuimos entendiendo que el pueblo gitano no ha sido castigado por no integrarse, sino precisamente por no querer encajar en la lógica del sistema-mundo. Por no asumir la venta de la fuerza de trabajo, por priorizar una vida comunitaria frente al individualismo, por mantener escalas de valor propias. El libro traza una genealogía de esa persecución y la enlaza con mecanismos contemporáneos que nos resultan dolorosamente familiares como las leyes de extranjería, los CIE, las cárceles llenas de personas pobres y la criminalización de las subjetividades consideradas improductivas. Como se recordó en la sesión, “las cárceles no están llenas de personas peligrosas, están llenas de personas pobres”, y su función principal no es la reinserción, sino el castigo y el ocultamiento de la pobreza.

Uno de los aspectos que más interpeló al grupo fue la insistencia del libro en la construcción del relato. Cómo se fabrican jerarquías de humanidad, cómo se decide quién merece derechos y quién solo castigo, quién es presentado como peligroso, primitivo o incivilizado. Se habló del nomadismo convertido hoy en un signo de estatus para unas —autocaravanas, nómadas digitales— mientras sigue siendo un estigma y un motivo de persecución para otras, dependiendo del origen, la clase y el color de piel. Como se dijo durante la conversación, “el nomadismo solo es aceptable cuando lo practican personas blancas, con dinero y pasaporte”, llegando a la conclusión de que esto no es casual, forma parte de una narrativa que necesita reforzarse constantemente para sostener el orden existente.

La sesión estuvo atravesada también por una especie de tristeza compartida por el desconocimiento profundo de la historia del pueblo gitano, incluso en territorios como Andalucía, donde su presencia es constitutiva. Varias personas expresaron que no podían concebir una identidad andaluza sin el pueblo gitano y, al mismo tiempo, reconocían que su historia no forma parte de la formación reglada ni del relato oficial con frases como que “quitando la Gran Redada, se sabe muy poco” y “ese borrado no es inocente”. La cultura gitana ha sido reducida a lo folclórico mientras se invisibiliza la represión, y la transmisión oral ha sido sistemáticamente despreciada frente a una historia escrita siempre por otras voces. Al mismo tiempo, apareció el reconocimiento de cuánto de lo que creemos propio —la centralidad de la familia, lo comunitario, ciertas formas de mediación— ha sido aprendido de ahí, aunque rara vez se nombre.

La mediación comunitaria ocupó un lugar central en la sesión. Frente a una sociedad cada vez más individualizada y judicializada, Pastora apuntó “¿qué dice de nosotras como sociedad el hecho de que necesitemos acudir a una autoridad externa incluso para resolver los conflictos más cotidianos?” y compartió su experiencia como abogada y la saturación de los tribunales, algo que habla de una profunda pérdida de capacidades colectivas para gestionar el conflicto. Allí donde no hay comunidad, no se desarrollan herramientas de mediación, y sin embargo, como nos dijo, “allí donde hay grupo humano, hay conflicto, pero también formas de resolverlo”.

El libro fue especialmente valorado por no quedarse únicamente en el diagnóstico. Pastora lo expresó con honestidad con frases como “estamos entrenadas para resistir, para defendernos cuando nos atacan, pero nos cuesta mucho más luchar por algo que todavía no existe” y “se nos da muy bien luchar contra algo, pero no tanto luchar por algo”, dijo, señalando la carencia de imaginación política como una de nuestras grandes debilidades colectivas. De ahí la importancia de mirar a los márgenes, a comunidades que llevan generaciones inventando formas de vida fuera del guión dominante y que pueden ofrecer pistas para los mundos que necesitamos construir.

La conversación terminó con una sensación compartida que el libro de Pastora no es un libro cómodo, pero sí profundamente necesario. Nos invita a mirar con humildad, a dejar que otras formas de vida nos incomoden y a aceptar que, quizá, para que entren mundos nuevos, haya cosas de nosotras que tengan que salir. Como se señaló al final de la sesión, “el capitalismo no tiene un afuera, pero algunas comunidades han aprendido a vivir sin creerse su promesa de progreso”.

Desde Milana Bonita seguimos leyendo para ensanchar la mirada y para no olvidar que, muchas veces, las respuestas llevan siglos esperándonos en los márgenes.

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